Emilio Sánchez Mediavilla: “Es un error considerar que la literatura es solo novela y relatos de ficción”

Jordi Pacheco

La escritura periodística, cuando es de calidad, atrae al lector hacia temas que a priori le resultan ajenos. Lo importante no es qué se cuenta sino cómo se cuenta. O, como diría Leila Guerriero, “la mirada es el tema”. Existen en el mundo realidades complejas y desconocidas que no podrían ser contadas con eficacia sin emplear buenas dosis de curiosidad e ingenio narrativo. Es el caso, por ejemplo, de lo que acontece bajo las oscuras teocracias petroleras de Oriente Medio. El periodista y editor Emilio Sánchez Mediavilla (Santander, 1979) vivió dos años en Bahréin, un pequeño estado insular ubicado en pleno Golfo Pérsico. Durante la estancia se dedicó a tomar notas y hablar con la gente para desentrañar con sagacidad algunos entresijos de un país donde los periodistas no son precisamente personas bienvenidas. Sus peripecias e indagaciones bahreiníes quedan excelentemente reflejadas en Una dacha en el Golfo, obra que le ha valido el 1 º Premio Anagrama de Crónica Sergio González Rodríguez.

Emilio Sánchez Mediavilla – Foto: Álvaro Alsina

No se me ocurre un mejor debut literario que ganando un certamen convocado por una editorial con tanta solera. 

Siempre había soñado con publicar en Anagrama. Fue mi editorial de referencia durante mi adolescencia, en el momento de mayor efervescencia lectora. Seguramente tengo más libros de este sello que de cualquier otro. Además, siempre he tenido un gran interés por la no ficción periodística, y en este campo, la Colección Crónicas de Anagrama ha publicado muchísimas obras fascinantes. Así que me hace muy feliz publicar con ellos. Y además con un premio que, por otra parte, no me esperaba. 

Cuentas en los agradecimientos que Ander Izagirre leyó las primeras páginas de este libro hace algunos años. Entiendo que el proceso de escritura fue largo.

Cuando un amigo me animó a presentarme al certamen yo llevaba más de dos años escribiendo el libro de forma muy irregular y no había sido capaz de ponerle fin. Llegó un momento en que ya estaba mareado y un poco frustrado. Veía que no llegaba a ninguna parte y tenía la sensación de que no lo iba a terminar. Así que  cuando me mandaron la convocatoria del premio y vi que había que entregar la obra a finales de junio, me tomé aquella fecha como un deadline. Fue un buen pretexto para esforzarme en poner fin al libro.

A veces resulta complicado saber cuándo está acabada una obra; no es fácil decir adiós a un documento al que has dedicado tanto esfuerzo y horas de trabajo.

En efecto, no es fácil. Y mi libro, además, podría haber tenido finales muy diferentes. De hecho, tras presentar la obra al premio, hubo personas del jurado y lectores que me sugirieron que cambiara el final. Tenía un planteamiento un poco raro, y aunque a mi me parecía un final bastante audaz, en realidad no funcionaba, teniendo en cuenta el planteamiento del resto del libro. Así que lo reescribí y con el tiempo me he dado cuenta de que, efectivamente, fue un acierto cambiar aquel final. 

Suele pasar: las partes de una obra que más le gustan al escritor son precisamente las primeras que un editor rechaza. 

En Libros del K.O. publicamos en 2011 un libro de Luc Sante titulado Mata a tus ídolos. El título hace alusión a un consejo de escritura de William Faulkner (“In writting, you must kill all your darlings”). Cuando relees y editas lo que escribes, debes eliminar tus partes más queridas: son las que suelen sobrar.

¿Qué te ha aportado como periodista tu experiencia en Agencia Efe?

Trabajé para Efe en Tenerife, cuando aún era estudiante en prácticas, y luego en Santander. Las delegaciones provinciales de una agencia en principio no tienen ningún glamour ni exotismo, pero son excelentes escuelas de periodismo. A mi me enseñaron mucho: tenía redactores que se sentaban a mi lado cuando escribía: me retocaban, me corregían, me reescribían. Con ellos aprendí nociones básicas de claridad expositiva, de sencillez, de economía del lenguaje, hasta un punto en que luego, trabajando con otros medios, nunca volví a ver ni en periódicos ni en revistas. 

Quizás es un tópico decir que en las agencias se aprende mucho, pero en mi caso fue así. No solo aprendes a pulir el estilo y escribir de forma clara y sencilla sino que a su vez, el hecho de cubrir temas locales, pequeños y humildes —y muchas veces sin firmar los textos— te baja los humos del periodista que sale de la universidad creyendo que todo lo que no sea ser corresponsal de guerra es un fracaso. Fue una suerte haber empezado mi carrera periodística en Efe. 

«Cuando relees y editas lo que escribes, debes eliminar tus partes más queridas: son las que suelen sobrar»

¿Se parece en algo la información de actualidad y la escritura de un libro periodístico?

No tiene nada que ver. Además, como periodista me he dedicado poco a la actualidad diaria. Trabajé mucho tiempo en una revista de viajes [Condé Nast Traveler], donde editaba y escribía reportajes que, ocasionalmente, me permitían jugar un poco con el estilo y poner en práctica, en cierto modo, el periodismo literario.     

Decía Jorge Carrión, que toda crónica u obra viajera requiere no solo tomar notas y documentarse sobre el terreno sino que hay una fase posterior de documentación. Entiendo que reconstruir la represión de 2011 en la plaza de la Perla fue un proceso laborioso. 

Llegué a Bahréin en 2014, cuando ya habían pasado unos tres años desde los episodios de represión de la plaza de la Perla. Reconstruí aquellos hechos, por una parte, a partir de informaciones elaboradas por diferentes medios (noticias, documentales, reportajes), de las que extraje algunos datos. También hablé con amigos que, habiendo participado o no en la acampada, me dieron su opinión. Estas conversaciones me permitieron introducir una visión aparentemente menos política ya que no estaba dando voz a representantes de partidos sino a ciudadanos de a pie. Uno de ellos me contaba, por ejemplo, que la acampada de la plaza de la Perla era para él la excusa perfecta para pasar la noche en casa de su novia mientras sus padres creían, orgullosos, que estaba en la plaza. Fui metiendo píldoras cotidianas de cómo la población vivió esos días de represión. 

El exilio fue otra de las patas de mi investigación. Muchos de los opositores bareiníes se exiliaron, a parte de en Beirut, en capitales como Londres y Berlín. Viajé expresamente hasta ellas para reunirme con gente de la oposición. En aquellas conversaciones, aunque hablamos de muchas cosas, quise mantener un enfoque que me permitiera conocer sus recuerdos sobre lo ocurrido en la plaza.  

Desde Bahréin pudiste obtener una cierta información del país vecino, el hermético y siniestro Arabia Saudí, situado a pocos kilómetros de la casa donde vivías.

No pude entrar a Arabia Saudí en ningún momento porque no podía acreditarme ni como musulmán ni como hombre de negocios. Aquello me produjo una frustración muy curiosa. Viví dos años literalmente al lado de aquel país, podía verlo desde al lado de la casa donde vivía. Bahréin estaba lleno de señales de tráfico que indicaban cómo llegar a Arabia Saudí, donde trabajaban, además, muchos de mis vecinos. De modo que me limité a recoger fragmentos de su realidad a partir del testimonio de toda esa cantidad de gente que tenía una relación estrechisima con el país, ya fuera porque vivían o trabajaban allí e iban y venían todos los días. Seguía siendo un país muy extraño, oscuro y enigmático para mí y sin embargo cada día me llegaban de él muchas historias gracias a mi entorno.      

Dices en el libro: “Uno no quiere identificarse como periodista en un país en el que a los periodistas extranjeros se les expulsa, y a los periodistas locales se les encarcela y tortura, se les mata a golpes en comisarías o se les quita la nacionalidad” ¿Cómo te acreditaste ante las autoridades para entrar en Bahréin?

Cuando tuve que rellenar los documentos en inmigración, puse que era profesor, aunque no lo soy y tampoco allí ejercí como tal. Desde Bahréin seguí haciendo mi trabajo para Libros del K.O. pero a distancia. Si hubiese dicho que era editor habría podido despertar algún tipo de recelo. Y como periodista no habría entrado al país de ninguna manera. 

«Para entrar en Bahréin tuve que decir que era profesor. Si hubiese dicho que era editor habría despertado recelos. Y como periodista no habría entrado al país de ninguna manera»

Así que mientras trabajabas como editor estabas pendiente de lo que pasaba a tu alrededor.

En efecto, intentaba estar muy atento a la realidad de Bahréin con un punto de vista de periodista, con mucha curiosidad y ganas de escribir algo sobre el país. Ya desde la primera vez que viajé recibí muchos estímulos, vi muchas historias y empecé a sentir esa ansiedad por contarlo a pesar de que aún no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo, si a través de un reportaje, de un libro o lo que fuera. Pero desde luego desde el primer momento tuve muy claro que estaba viviendo historias fascinantes y que quería contarlas. 

Dices en un pasaje de la crónica que “en Oriente Medio, como en el fútbol, hay que tomar partido”. En tu obra te haces eco de los abusos y atropellos cometidos en contra los chiíes, que son los grandes represaliados.

Esa frase en concreto es un tanto hiperbólica, pero no escondo que he centrado mi mirada sobre todo en los chiíes, quienes considero que son los mayores oprimidos. Creo que esto es compatible con haber intentado hacer un ejercicio objetivo que me ha llevado a dar voz a diferentes tipos de personas. En relaciones de poder tan distorsionadas donde se aprecia a los represaliados de una forma tan nítida, como periodista uno no se pone a hacer equilibrios morales de cara a la galería. No puedo dejar de reconocer que siento una simpatía hacia lo que está pasando una población chií y lo cuento desde mi punto de vista. 

¿Te ha dado muchos quebraderos de cabeza explicar una realidad tan compleja y peliaguda desde el punto de vista del relato, de cómo organizar los hechos dentro de la estrategia narrativa? Cuando se acumulan tantas vivencias y datos, organizarlos posteriormente puede ser un proceso arduo.

Me ha costado muchísimo. Me hice varios esquemas con cartulinas de colores para diferenciar y buscar el equilibrio entre los temas históricos, periodísticos y de represión y los temas más personales relacionados con las historias del expatriado que va contando sus anécdotas de choque cultural. Este último elemento lo he utilizado para atraer la atención del lector con el fin de poder introducir luego los hechos más duros. Di muchas vueltas para intercalar esos dos relatos de forma fluida para que ninguno de los dos cansara en ningún momento. 

Y en la parte relacionada con la política, le di muchas vueltas para que se entendiera bien lo que quería explicar y así poder despertar la empatía hacia los bahreiníes. No quería que el lector se quedara con etiquetas como chií, suní que en sí mismas no dicen nada. Me interesaba dar voz a mis amigos, a gente normal y corriente, con sus miedos e ilusiones, con la cual cualquier persona de cualquier ciudad del mundo se pudiera sentir identificado. 

Por otra parte, en versiones anteriores del libro había mucha más historia del siglo XIX en Bahréin, pero en determinado momento vi que la historia no tenía que ir por ahí, que tenía que meter la tijera y tratar que la información llegara al lector de forma mucho más clara. También pensé mucho acerca de cuál era el momento más indicado para contar los episodios de la plaza de la Perla, que es el capítulo más largo del libro. Tras darle muchas vueltas, al final decidí que primero tenía que hacer aterrizar al lector en el país, presentarle los personajes y, una vez situado, entonces contarle lo ocurrido en la plaza. 

Hay quien aboga porque la voz del periodista como sujeto no aflore jamás y, por otra parte, quienes consideran que es necesaria para narrar los hechos puesto que muestra una perspectiva más de la realidad entre las muchas posibles. ¿Qué papel juega la primera persona en la crónica? 

En periodismo, este tipo de debates me parecen muy estériles y aburridos. Y quienes toman posiciones muy fundamentalistas, ya sea a favor o en contra, me parece que revelan muy poca sensibilidad y poca imaginación. No se trata de debatir si usar o no la primera persona, simplemente hay que ser lo suficientemente inteligente como para saber que hay historias en que su uso puede estar justificado y otras en que no. Hay, por otra parte, una primera persona que sin buscar el protagonismo puede ayudar a que el lector entre en el relato. Pienso que a veces, lejos de ser censurable, la primera persona revela una posición muy honesta cuando quien la emplea reconoce las limitaciones de su mirada, de su experiencia. 

«No se trata de debatir si usar o no la primera persona. Solo hay que ser lo suficientemente inteligente como para saber que hay historias en que su uso puede estar justificado y otras en que no»

Esto es precisamente lo que intentas transmitir en Una dacha en el Golfo.

Exacto. En mi libro reconozco ante el lector que estoy intentando contar la compleja realidad de Bahréin a través de un punto de vista concreto: un editor que se traslada allí temporalmente, sin saber absolutamente nada del lugar; alguien que va conociendo a sus amigos, va leyendo y haciéndose cierta idea del país a través de sus vivencias. Vi claro desde el primer momento que tenía que usar la primera persona, no se me ocurría otra manera de contar la historia. Si quitara mis vivencias y dejara únicamente los hechos relacionados con la historia reciente de Bahréin, el libro habría sido muy diferente y quizás habría llegado a menos lectores. 

Hablemos de Libros del K.O., una editorial de no ficción. ¿Cómo se forjó la idea? ¿No existían editoriales que apostaran decididamente por el libro periodístico?

En algún momento hemos contado un poco eso de que vimos un vacío en el ámbito editorial ya que, salvo la colección Crónicas de Anagrama, no había ningún sello centrado de forma específica a la no ficción periodística. Pero la realidad en nuestro caso es un poco más prosaica: a inicios de la década de 2010 yo estaba un poco aburrido de mi trabajo, empezaba la crisis, los medios donde trabajaban algunos de mis compañeros cerraron… Entonces, en una conversación entre amigos surgió la idea de montar una editorial, aunque en aquel primer momento no había un enfoque concreto. Si bien uno de los sueños más recurrentes entre los jóvenes periodistas es fundar una revista, creo que optamos por una editorial porque vimos que era algo mucho más sencillo desde el punto de vista logístico. Dentro de la locura que era montar algo, lo de la editorial era una locura relativamente realizable. Cuando empezamos a trabajar en serio, pronto nos dimos cuenta que queríamos especializarnos en algo y lo que más nos gustaba a todos era la no ficción. 

¿Hay interés por parte del público en los libros de no ficción periodística?

Es un interés irregular. Dentro de nuestro catálogo hay libros que pasan desapercibidos pero hemos tenido la suerte de publicar varios que han sido auténticos éxitos de venta, como por ejemplo Fariña, de Nacho Carretero, o El director, de David Jiménez. Al final, el mundo editorial siempre vive de éxitos comerciales puntuales, que son los que te salvan los números de un año. En cualquier caso, diría que la no ficción periodística no es un nicho especialmente jugoso. De hecho, un libro nuestro, para que funcione, tiene que trascender el público interesado en esta temática específica. Cada vez intento desglosar menos, creo que un lector de buenas historias no diferencia tanto entre ficción y no ficción. En general, creo que la gran mayoría de buenos lectores son maravillosamente promiscuos y saben distinguir entre un buen libro y uno que no lo es, independientemente de sellos y de géneros. Tenemos que trabajar cada libro para que sea disfrutable por cualquier lector.

Has mencionado varias veces el término no ficción periodística, otras veces llamado periodismo narrativo, periodismo literario, crónica. ¿Qué opinas de las etiquetas?

Este tipo de etiquetas cada vez se caen más de las manos, pero no quiero parecer cínico: me apasiona la crónica periodística y podría estar horas debatiendo sobre ella. Sin embargo veo que al final sigue siendo como una contraseña endogámica en la que nos movemos un grupito de periodistas españoles e hispanoamericanos pero que no llega al gran público. Y si no llega, quizás es el momento de dejar de insistir en esos términos. Es un error considerar que la literatura es solo novela y relatos de ficción. La no ficción y los libros de historia también lo son. Tenemos que luchar más para que nos incluyan sin cortapisas ni recelos en el mundo de la literatura. Cuando trabajo con mis autores, los trato como escritores, no como periodistas que están haciendo un reportaje en formato extenso.  

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