June Fernández: “Mis artículos parten de inquietudes personales”

Santiago Gorgas

Las palabras son constructoras y por tanto el periodismo nunca debe ser neutro y equidistante. Desde esta perspectiva, June Fernández aboga por ejercer el periodismo para la transformación social. Coincidiendo con los diez años de la fundación de Pikara Magazine, su principal impulsora publica Abrir el melón. Una década de periodismo feminista (Libros del K.O.). Los reportajes y entrevistas aquí reunidos revalorizan temas que suelen estar fuera de la agenda mediática. Es oportuno conversar y reflexionar sobre el modelo de socialización patriarcal y las hegemonías reinantes. El periodismo tiene la responsabilidad de la palabra y la función social de cuestionar los sistemas de poder. El lector tiene el derecho a conocer un relato que ensanche su realidad. 

June Fernández - Foto: Ttap
June Fernández – TTAP

En el prólogo de Abrir el melón, María Angulo afirma que reúnes las cualidades de los escritores de no ficción: y cita: habilidad para observar, organizar, narrar e interpretar los hechos. ¿Te identificas con la denominación de escritora de no ficción, periodismo situado o periodismo en profundidad?

Me siento cómoda con la denominación de periodismo situado. Para mí fue muy importante tener contacto con medios alternativos como Diagonal, lo que hoy es El Salto, y fue allí donde aprendí la noción de periodismo situado que se sitúa frente a la cultura hegemónica de un periodismo supuestamente objetivo y neutro que en realidad esconde intereses políticos. No escondo que hago periodismo para transformar la realidad, para transformar imaginarios hacia lo que yo considero más justo, y que lo hago en contacto con los movimientos sociales. El periodismo situado no está reñido con la calidad periodística, con el rigor y otros valores. Por otra parte, el periodismo literario es un aprendizaje que he empezado gracias a la editorial Libros del K.O. donde publiqué mi primer libro: 10 ingobernables.

Afirmas que el feminismo, junto con el antirracismo y el movimiento LGTBI, te han dado las claves para hacer el periodismo que haces. ¿Que aportan estos movimientos a tu oficio?

Para mi poner el apellido feminista es importante por una cuestión de reconocimiento de un movimiento y una escuela social de pensamiento que sigue estando, muchas veces, estigmatizada o menospreciada desde la academia. Por tanto, claves muchísimas, sobre todo una actitud de muchas preguntas hacia cómo hemos aprendido a hacer periodismo. Desde observar si cuando recurrimos a fuentes expertas hay un equilibrio entre mujeres y hombres. Preguntarnos sobre el uso del lenguaje para que sea inclusivo en términos de género, pero también en otros aspectos. Últimamente en Pikara estamos reflexionando sobre qué rutinas periodísticas tienen que ver con una cultura patriarcal y cómo las podríamos cuestionar.

¿Cuáles son esas rutinas?

Por ejemplo: decimos que en las tertulias de radio y televisión resulta complicado encontrar a mujeres para participar; quizás el problema no son las mujeres, sino que los formatos son hostiles porque están construidos atendiendo a un modelo de socialización patriarcal. Nos piden que nos sintamos cómodas opinando sobre cualquier tema, sin tiempo para prepararlo y discutiendo con gente con posiciones antagónicas.

Por otro lado, estos movimientos, me aportan claves que tienen que ver con los procesos: cómo incluir los cuidados, cómo hacer que las personas que entrevisto se sientan cuidadas. Tener en cuenta qué efecto tiene en sus vidas que yo publique estos reportajes . Pensar qué significa aplicar las máximas del feminismo de poner los cuidados y la vida en el centro para una profesión que durante años ha tenido más que ver con la competitividad, con las prisas o la ambición.

Invitas al lector a reconocer espacios y cuerpos periféricos, lo haces consciente de la heterogeneidad vital y de las diversas maneras de estar en el mundo. ¿Consideras que el periodismo tiene la responsabilidad de incluir una visión más heterogénea, tanto en contenidos como en formas?

El periodismo tiene una función social que debe reconocer y tendría que estar en su esencia cuestionar los sistemas de poder, dialogar con ellos al menos. Es una cuestión de calidad periodística. Si un medio cuenta la realidad para aquellas personas con poder económico, político y heterosexual, está excluyendo el relato al 99% de la población. Por tanto, está contando una visión parcial y no está haciendo bien su trabajo. Velar porque las fuentes, los enfoques y los lenguajes tengan que ver con una realidad social innegable es una cuestión de calidad periodística.

¿Cómo consigues quitarle la máscara a tus entrevistados, para que expongan su verdadero yo y su mundo interior?

Juega a mi favor que las personas que elijo entrevistar son personas con las que hay cierta complicidad. Algunas conocen mi trabajo porque en el mundo de la cultura feminista muchas veces nos conocemos mutuamente. También practiqué entrevistas caminadas, en vez de sentarse en un bar y poner la grabadora, dialogábamos en movimiento. Cuando entrevisté a Cony Carranza Castro, una compañera del movimiento feminista y mujeres migradas en el País Vasco, la hicimos dando un hermoso paseo con mi hija dormida en la mochila. Es bueno respetar los ritmos de la otra persona. En la preparación de 10 ingobernables he tenido experiencias que reflejan bien esta situación. El primer día de un encuentro realizaba una pregunta que incomodaba y la entrevistada contestaba poniendo un límite muy claro. Sin embargo, en la segunda entrevista, cuando ya habíamos generado una relación, me lo contaba. Las prisas son algo habitual en el periodismo y son un obstáculo para la entrevista en profundidad.

Luego tiene que haber un clima de confianza mutua que a veces es muy difícil conseguir.

En efecto. Cuando trabajé en prensa convencional me decían que cuando haces una entrevista a alguien nunca se la tienes que pasar antes de publicarla, porque puede intentar censurar, manipular o retractarse de cosas que ha dicho. Creo que esa máxima la podemos cuestionar en según qué casos. Especialmente si no estamos entrevistando al presidente del Gobierno sino a una compañera para conocer su discurso y sus vivencias y darle la oportunidad de ser dueña de ese relato, o construirlo juntas.

«Juega a mi favor que las personas que elijo entrevistar son personas con las que hay cierta complicidad. Algunas conocen mi trabajo porque en el mundo de la cultura feminista muchas veces nos conocemos mutuamente»

¿Sobre qué tipo de temas y personas te gusta más escribir?

Abrir el melón ha sido un ejercicio interesante porque al hacer la selección y en una retrospectiva de mis años en Pikara he visto algunas constantes. Una es abordar el tema de los tabúes o de las violencias normalizadas o de cuerpos de cuyas experiencias no conocemos, como el caso de las personas intersexuales. También hablar de violencia sexual más allá de la violación que tenemos en mente la mayoría de las personas, o hablar de la menopausia, que parece ser un proceso en la vida de las mujeres no muy glamuroso y que hay que disimular.

Otra línea que abordo tiene que ver con evidenciar ciertos perjuicios y poner en diálogo realidades o identidades consideradas incompatibles. Como un artículo de opinión en el que hablo de feminismo y que me gusta el reguetón, por tanto, evito las lógicas binarias. En mi último libro incluí una entrevista a Chocolate Remix, una reguetonera lesbiana feminista o a Daniel Ahmed, un activista musulmán gay, o Gitanas Feministas por la Diversidad. La mirada monocromática se arroga el poder de repartir carnets e intenta excluir la posibilidad de ser feminista y gitana, feminista y reguetonera o musulmán y gay; como si hubiese que renunciar a una de las dos identidades.

¿Prefieres las historias de inmersión, aquellas que se van trabajando a largo plazo o las que tienen un plazo de entrega y por tanto requieren una resolución eficiente?

Yo vengo de la resolución eficiente porque empecé mi carrera en El País, donde tenía que entregar una pieza diaria. En Pikara es algo más reposado pero la forma de trabajo es hacer una entrevista, una hora y media de conversación, transcribir, editar y entregar. En Abrir el melón sí que el tipo de piezas responden a una dinámica eficiente. En cambio, en mi anterior libro hay esa inmersión. He disfrutado de la inmersión y espero volver a ese género próximamente.   

¿Cuál es tu proceso mental, cómo te organizas cuando tienes un tema entre manos?

Antes de tenerlo entre manos, mis artículos parten de inquietudes personales, ya sean vitales o ideológicas. Por ejemplo, el último reportaje de Abrir el melón habla de las trabajadoras del hogar en régimen de interna, y me pregunto si eso es esclavitud y si hay que abolirlo. El tema surge del hecho que mi familia ha recurrido a trabajadoras del hogar e internas para cuidar a los abuelos y a las abuelas. Por otro lado, como periodista he estado en contacto con los reclamos de colectivos de mujeres migradas que hablan de esta modalidad como algo incompatible con los derechos humanos. Entonces pienso que tengo el periodismo como herramienta y el feminismo como mirada. Para responder a ese interrogante pregunto a sus protagonistas, que son las trabajadoras del hogar organizadas. O de repente una amiga me dice que a diez años de su primer encuentro sexual ha entendido que fue no consentido, que fue una violación. Ese tipo de cosas me inspiran para ver que no es una experiencia aislada y entonces comienzo a darle forma de reportaje con apoyo de fuentes expertas. Y ese es mi proceso previo.

¿Tienes una rutina de escritura?

Rutina obsesiva no sé. Pero me gusta mucho en el reportaje el momento de ordenar las piezas, las entrevistas a varias personas. En la portada de Abrir el melón aparece alguien que podría ser yo, por ejemplo, entonces abre el melón con herramientas que podrían ser de una relojera de una joyera, esa metáfora que ha utilizado la ilustradora Susanna Martín me remite a un trabajo artesanal y minucioso. Es una idea que veo sobre todo con los reportajes, donde tienes una serie de datos estadísticos, reflexiones bibliográficas, entrevistas a cuatro fuentes, y luego llega el momento de montar y hacer cuadrar las piezas. La primera parte es como un trabajo muy mecánico, pero luego está el reto de hilar bien.

«En los reportajes tienes una serie de datos estadísticos, reflexiones bibliográficas, entrevistas a cuatro fuentes y entonces llega el momento de montar y hacer cuadrar las piezas. La primera parte es como un trabajo muy mecánico, pero luego está el reto de hilar bien»

¿Ha habido alguna investigación que te ha marcado y te has implicado más de la cuenta y has decidido fijar una limites profesionales?

Como periodista de opinión a veces la frontera se difumina un poco. Me viene a la mente un artículo que publiqué recientemente en el blog de Pikara en eldiario.es sobre los maltratadores políticamente correctos. En concreto sobre los hombres que están en entornos de activismo social, incluso de feminismo o nuevas masculinidades y que luego tienen relaciones abusivas con sus compañeras de vida, compañeras sexuales o compañeras de militancias. Escribí basándome en una tesis doctoral de una compañera. Sin embargo en dicha tesis yo era una de las historias de vida que se analizaba, porque yo misma he tenido una relación de este tipo. Finalmente opté por hacer una narración más aséptica y al final incluí una posdata, una especie de “me too” explicando que el tema no me es ajeno y resumiendo un poco mi historia.

Aparece la duda de hasta qué punto es interesante o estratégico utilizar la actividad periodística para realizar una denuncia personal. Aunque no puse los nombres y apellidos del hombre en cuestión. Algo que me ocurre mucho, sobre todo en artículos de opinión, es que me gusta aterrizar en experiencias concretas y muchas veces son conversaciones que me cuenta la gente fuera de micrófono, pero cotidianas, como por ejemplo mi vecina, que es profesora, hablando de la pandemia me dice que no cogerá el coronavirus pero la faringitis y la neumonías seguro que sí porque están trabajando con mascarillas y con la ventanas abierta. Entonces esa frase me viene súper bien para apoyar la idea en un artículo. Hay veces que las y los periodistas podemos ser vampiros de historias ajenas. Me cuestiono a mí misma: ¿hasta qué punto lo que me dice alguien en mi vida personal es material periodístico o no? Es una duda que a veces me inquieta.

¿En qué medida el periodista debe mantener las distancias y simplemente narrar lo visto con honestidad?

Es un debate muy interesante que en Pikara hemos tratado al hilo del periodismo internacional. Por una parte, se cuestiona a esos periodistas paracaídas. Cuántas veces desde Europa, en tiempos de precariedad, una persona que tiene su trabajo habitual se va de vacaciones dos semanas a Turquía y entrevista a mujeres turcas y propone a Pikara un reportaje sobre la situación de esas mujeres. Eso, a veces, nos ha generado cierto ruido. Pero creo que depende de la talla periodística de cada cual. Se ha caído la osadía de pensar que por el simple hecho de tener acceso a la palabra y a su difusión podemos contar ese país habiendo pasado una semana en él.

Por otro lado, sin embargo, Patricia Simón de La Marea, también colaboradora de Pikara, defiende la figura de la posibilidad que tiene el corresponsal de generar una mirada distante y lo interesante que esta puede llegar a ser en comparación con los periodistas locales que tienen normalizadas determinadas situaciones. En temas de periodismo internacional, yo he sido de volver a los mismos países y de sentirme incómoda cuando he tenido que contar procesos de países en los que mi contacto ha sido superficial. De allí mi compromiso con Nicaragua y con Cuba, mi obsesión de volver y mantener los vínculos con las personas que he entrevistado.

¿Hasta qué punto enfrentas las falsas creencias de alguien?

Mi posición es de escucha, salvo que los argumentos que esté dando sirvan para alimentar discursos de odio o estén basados en falsedades. En Pikara esto es un debate recurrente. ¿Qué pasa si entrevistamos a una feminista y emite opiniones tránsfobas? Posiblemente el reto de la periodista será aportar algún dato en la siguiente pregunta para matizar o contra argumentar, lo cual es muy interesante para el diálogo. Otras veces las entrevistadas desafían nuestros propios prejuicios o marcos de pensamientos estrechos. En 10 ingobernables cuento, por ejemplo, que he entrevistado a una mujer indígena que es una lideresa contra la violencia machista y cuando le pregunto cómo logró separarse de su marido maltratador me dice que ella ha decidido seguir viviendo con él. Eso para mí, desde mi marco occidental, bajo el cual siento que una víctima debe separarse, eso me cuestiona. Es un ejercicio de reflexión, escucha y apertura.

En tiempos de pandemia parece que la agenda pasa exclusivamente por esta problemática y sus consecuencias, que son muchas y a todo nivel. Sin embargo, ¿cuál es la función del periodista? ¿No estamos obligados a estar con un pie aquí y otro en el futuro, tal como sugiere Nietzsche en sus Consideraciones intempestivas? ¿Cómo se hace para que la situación que nos golpea a todos no nos nuble la visión de un futuro?

Yo creo que en el caso del covid está sirviendo de catalizador. Para mí el enfoque es que la crisis sanitaria que estamos viviendo es el síntoma de una crisis que viene de lejos. Y que es una crisis de un modelo social capitalista, colonialista y heteropatriarcal que se alimenta de las desigualdades sociales. Lo que nosotras estamos haciendo es poner el foco en situaciones de injusticia que la pandemia ha agravado o puesto de manifiesto en mayor medida. Aquí el ejemplo puede ser la realidad de las trabajadoras del hogar como un sector completamente abocado a la economía sumergida, con prácticas muy contrarias a los derechos laborales. Estamos viendo las consecuencias de que las trabajadoras no tengan derecho a paro, y que estén saliendo a la calle sin una protección mínima porque se han quedado fuera de las primeras ayudas del Estado. En vez de hablar todo el rato de mascarillas y de protocolos de distancia social, el reto está en observar un poco, con la excusa del covid, la realidad material de un montón de sujetos que no suelen estr en el centro del debate mediático.

Martín Caparros afirma que la utilización de la primera persona es su posicionamiento para reestablecer a ese sujeto que cuenta y dice aquello que narró como una de las infinitas posibilidades dentro de lo que él pudo ver, averiguar y eventualmente pensar. ¿Crees que hay un paralelismo entre esta posición y el hecho de hacer periodismo desde la postura de que lo “personal es político”? 

Lo primero que me suscita la reflexión de Caparros es el cambio importante que ha vivido el periodismo. Creo que tiene que ver con las redes sociales. En la facultad me enseñaron que mi firma no es relevante, que no hay que usar la primera persona y que hay que mantener el ego a raya; el periodista es una correa de trasmisión o un altavoz que en ningún caso debe ponerse delante. En los últimos años el periodismo ha cuestionado esta creencia. Acabo de leer dos libros de periodismo narrativo en los cuales las autoras politizan a través de su trabajo periodístico experiencias personales. El libro Feminismo vibrante, de Ana Requena Aguilar, aborda la forma en que ella vive su empoderamiento sexual. Mientras que El vientre vacío de Noemí López Trujillo trata sobre la frustración de no poder ser madre debido a la precariedad laboral. Me parece un género interesante porque propicia honestidad y cuenta una realidad determinada. Sin embargo, al mismo tiempo, también me inquieta el hecho de estar alimentando los personalismos o las estrellitas del periodismo.

En cuanto a «lo personal es político», que es una cita de Kate Millett que señalaba la necesidad de politizar ciertas realidades que se encontraban dentro del ámbito privado de las personas y sobre las que no había un análisis crítico, como el caso de la violencia de género dentro de la pareja. Aquello que hasta hace poco quedaba de puertas para adentro. Obviamente que creo que es importante sacar a la escena pública temas que se consideraban privados como la sexualidad, el buen trato entre las personas, o lo que tiene que ver con los cuerpos y las diversidades. Sin embargo, la línea es muy fina. ¿Todo lo que pasa y todo lo que vivo es político? Creo que es importante no banalizar.  

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